domingo, 29 de diciembre de 2013


 
Cuenta la leyenda. En Fuensanta una familia de rancio abolengo a la que pertenecía en casi su totalidad las tierras, las fuentes, los caminos y todo aquello de lo que pudiera extraerse provecho alguno. Tenía  fijada su residencia en el lugar que dominan Cazalla, donde habían construido una enorme vivienda para su comodidad y estancia, servida por numerosos criados y sirvientes.
Algunas de sus tierras las habían arrendado a los campesinos, a los que extorsionaban y gravaban cada día más con las desorbitadas rentas. Debían pagar asimismo altos tributos para que su ganado pudiera beber en los abrevaderos de que disponían esta familia. Todo ello hacía que los campesinos pasaran grandes estrecheces y penurias. Sucedió que durante varios años se padeció en todo el país una de las mayores sequías que jamás se hayan conocido, quedando muchas fuentes secas y las tierras yermas e improductivas. Los campesinos enfermaban, y muchos de ellos morían ante el alarmante estado de miseria en el que se hallaban.
Sólo de una de todas las fuentes sequía manando agua en abundancia. A esta fuente acudía todos los días una criada negra que llevaba el agua hasta la mesa de sus señores, que eran los dueños de aquéllas. A los campesinos les estaba vetado el uso de la misma, puesto que no disponían del dinero suficiente que se les exigía para utilizar el agua, al haberlo empleado todo en el cargo de las rentas que gravaban el uso de las tierras.
La criada de corazón noble y bondadoso habíase apiadado de los campesinos ante su lamentable situación, y todos los días sin que el señorito se apercibiera dejaba grandes cántaros de agua escondidos, de los cuales, surtían se los campesinos, y gracias a ellos podían ir viviendo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario